La oficina de Cristóbal Morales tiene unos 400 metros cuadrados, amplias vistas a la sierra y 12 ordeñadoras. Cada mañana, entre las 6.00 y las 11.30, un total de 700 cabras pasan por la nave anexa a la casa familiar, en el paraje de La Carihuela, junto al Torcal de Antequera, para que les saquen la leche, que pasa directamente a un moderno tanque de refrigeración. Es la misma leche que en el supermercado se paga a 1,30 euros el litro. «A mí me la compran a 36 céntimos, lo que me llega justo para cubrir los gastos. Te exigen calidad pero no la pagan o la pagan mejor en Marruecos». Morales, de 30 años, pertenece a una especie en vías de extinción, pero no por ello especialmente protegida: la de los jóvenes agricultores.
El escaso rendimiento económico y una sujeción a la tierra rayana en lo feudal han hecho que la gente joven deserte del campo en masa y busque otras ocupaciones si no más rentables, al menos no tan sacrificadas. En la actualidad, según datos de la organización agraria Asaja, la edad media de los titulares de las explotaciones es de 55 años, y sólo el 8% de ellos tiene menos de 35 años. Con unos costes de producción crecientes y con unos ingresos menguantes y tan variables como la meteorología o los embarazos de los animales, el relevo generacional en el sector agrario no está ni mucho menos garantizado.
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